
Ella, Patricia me contó lo que le había ocurrido dentro del agua.
Era tarde, casi anochecía y curiosamente se escondía el sol por un extremo y aparecía la Luna por el otro. Se iban apagando los colores, pero reflejados por las nubes ofrecían los destellos del anaranjado en todos sus matices. Era un atardecer maravilloso.
Desde el mar caminaba hacia la orilla, cuanto de pronto creyó pisar algo blando, liso y esponjoso, viendo huir sobre el fondo una sombra en rombo pero alargada. Saltó, gritando.
Disimuló. No dijo nada de lo ocurrido en ese momento. Comentó algo más tarde que le pareció ver algo raro.
Sólo, con el tiempo me confesó que le imponía el adentrarse sola en el mar.
Le supera. Si el agua no es cristalina, se agobia. Su mente empieza a crear seres desconocidos que le tocan. Ya no disfruta de los baños al atardecer y permanece cerca de
Antes, me dice, nadaba horas, se adentraba en el mar en línea recta, hasta que perdía la noción del tiempo, luego volvía despacio, sin prisas, masajeada por las olas, sin miedos. Cerraba los ojos, apagaba los oídos dejando la mente en blanco, pegaba las manos al cuerpo y unía los pies; su cuerpo se hundía, lo dejaba solo hasta el máximo que podía. Se extenuaba. Agotada, de espalda flotaba con los brazos abiertos y se dejaba mecer. ¡Qué placer! Todos los músculos se relajaban. Al llegar a la orilla permanecía allí, llevada y arrastrada por las olas, no le ponía fuerza, se llenaba de arena y disfrutaba. Allí el agua poco profunda, tibia, le reconfortaba. Sólo existía ella y disfrutaba de la caída de la noche.
Ahora Patricia, mi amiga, me pide que le acompañe. Descubro el mar y sus sensaciones. Nado y me presto a compartir el mar que a ella le apasiona y le da vida. Todo por una pisada.


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